Blog
No es la flecha, sino el indio

No es la flecha, sino el indio

2026-06-23·6 min read·
#programación#full stack#javascript#desarrollo personal#aprendizaje#tecnología
Share

Punto de partida

La verdad, siempre le tuve miedo a programar. Las matemáticas no son mi fuerte y venía de desanimarme fácilmente de toda empresa.

Comencé a escribir mis primeras líneas de código luego de volver a empezar de cero, como nunca en la vida había tenido que volver a comenzar. Finalizaba el año 2022 y las cosas estaban demasiado difíciles: en mi economía, en mi espíritu, en mi hogar y en mi salud física. Total, que todo esto hace parte de una misma cosa y con el tiempo uno va entendiendo.

Me hice programador, digamos que de manera tardía, catorce años después de terminar la secundaria, y con muchísimas oportunidades de haberlo sido antes, ya que en ese transcurso de los años pude conseguir certificaciones importantes y estar calificado como técnico para reparar hardware y software, para implementar, consultar y auditar redes de comunicaciones. Incluso llegué a programar en lenguajes como Perl modelos con fines de investigación en biología computacional.

(Eso es lo que sucede cuando uno no es seguro de sí mismo: nunca se reconocen los logros alcanzados).

Bueno, continuando mi relato, y si has llegado hasta aquí, te agradezco, porque a pesar de que busco dejarte un mensaje positivo, este ejercicio no me hace pensar más que es un alimento del ego, aunque provenga del corazón.

El verdadero motivo

Retomando la parte del relato del punto de partida, colocando de referente el pasado y el presente, preciso aclarar que la motivación principal de esta empresa fue el dolor profundo de dejar todas las tareas a medias; un sentimiento de desdicha que causa la deshonra de ser incapaz de concluir, de concretar y de darle forma a las ambiciones que cada uno tiene, ya sea por distracción, por pereza o por buscar en otras actividades menos constructivas y más placenteras un refugio de comodidad y autodestrucción.

Todos llegamos a un punto de inflexión, a un momento definitivo (y si no has llegado a él, sigue intentando), y ese momento se caracteriza porque a partir de ahí no existen excusas, no existen barreras y ves claro como un manantial el hecho de que nadie te va a salvar; el hecho de que todo depende de ti, de que no eres víctima de ninguna circunstancia y de que, si vas a jugar, es para ganar, no para intentar.

Un cambio profundo

A partir de eso, mi vida tuvo un cambio profundo, espiritualmente y mentalmente, y conseguí abrir mi corazón para comprender que somos merecedores de la vida; que somos los hijos consentidos del creador y que el merecimiento y el gozo del alma están disponibles para todos aquellos que deseamos y actuamos para conseguirlo.

Programando desde casi nada

Comencé a escribir código en un PC modelo 2008 con un solo procesador Celeron de 800 MHz, conectado por SSH a una computadora en la nube mucho más capaz, pero aprovechando una prueba gratuita de noventa días con una tarjeta de crédito prepago.

La computadora me había costado alrededor de treinta dólares y en la tarjeta de crédito no había más de un dólar.

Regresé a la casa de mis padres en condición de desempleo y sentía mucha frustración y vergüenza por el hecho de no poder traer comida a la casa, sin contar todo tipo de privaciones y necesidades que pueden derivarse de este hecho.

Con esa determinación fue que inicié ese camino: con hambre y con el deseo de romper la maldición de dejar las cosas a medias.

El aprendizaje

Retomé el estudio. Hice bootcamps, tutoriales en línea, proyectos personales, horas y horas de lectura, ensayo y error, aun cuando no era popular el uso de herramientas de IA.

Definí una ruta a seguir. Decidí estudiar JavaScript para tener una alternativa comercial y perder el miedo a los lenguajes de programación, para tener un punto de partida en el cual todas mis dudas se fueran aclarando.

Y justo allí comenzó una transformación preciosa, porque cada conocimiento integrado también hacía parte de un conocimiento de vida; también hacía parte de un conocimiento que podía aplicar a mi cotidianidad.

Rápidamente comprendí (comprendí, más no aplico del todo) que el orden y la limpieza superan la inteligencia, que la disciplina te lleva a donde quieras y que no necesariamente tener muchos conocimientos te garantiza tener éxito y ser feliz.

Ahí comencé a hacer mucho las paces con mi enemigo interno (a veces).

La herramienta más poderosa

Comencé a recibir mucho apoyo de personas, de mi entorno y de mis circunstancias.

Apliqué la gratitud en cada cosa, pues ahora era consciente de que tenía una gran caja de herramientas en mi mente y de que la herramienta más poderosa era entender que el milagro sucede; que primero tiene que pasar por tu mente y tu corazón y luego ocurre lo más sencillo, que es trazar la línea del punto A al punto B.

(Cuatro años después aún no llegamos al punto B).

Trabajar sin negociar

Tan pronto como adquirí los conocimientos técnicos básicos para buscar actividades que me pudieran generar un ingreso adicional, comencé. Muchas veces sin renegar, muchas veces sin negociar y aceptando todo tipo de condiciones, de pagos y de tratos.

En el camino vi muchas personas apartarse: por excusas, por dificultades, por falta de privilegios de los cuales gozaba yo (la determinación ante todo), y eso me permitió ser más agradecido, pero también más aguerrido, más decidido y más confiado.

A trabajar más duro y a instalar en mi mente nuevos principios, nuevas máximas que me permitieran abrirme camino.

El valor de la experiencia

A pesar de que siempre fui independiente, deseé desde lo más profundo ser un empleado, y aceptar serlo muchas veces recibiendo un pago únicamente emocional. Un pago que no es en dinero; es en experiencia, en permitir que otros confíen en ti y que, a través de ese voto de confianza, puedas continuar en esa escuela que te prometiste iniciar hasta terminar.

(Es una trampa, esto nunca termina).

Pero al menos tenía claro que quería dedicar al menos diez mil horas poniendo en práctica lo aprendido y aprendiendo más.

Mirando hacia atrás

Quizá ahora no voy ni por la mitad de esas diez mil horas, pero mirando atrás ya he pasado por tres empleos diferentes en tecnología, he podido traer el pan a mi mesa fruto de mi conocimiento y me he podido limpiar de sufrimientos del pasado por cuenta de estar a la deriva, sin un rumbo; por estar esperando lo que la vida tenga para mí, sin la determinación de ir a tomarlo.

Un mensaje para ti

Hoy te escribo esto porque sueño con un mundo con más esperanza, porque quiero que no te rindas y porque quiero compartirte algo muy íntimo de mi ser.

Te quiero mucho, desconocido que está leyendo esto.

Gracias por llegar hasta aquí.

Volviendo al tema del computador chiquito: no es la flecha, sino el indio.

Te escribo esto desde una silla Rimax, un computador muy sencillo y un bloc de notas, ya que ni siquiera tengo Office en la actualidad.

No te rindas.

Nunca pares de aprender.

Y, ante todo, aprende a programar en el lenguaje del amor.