
El mundo se llenó de agentes Smith
Desde un editor de código, a falta de un procesador de textos, procedo:
Han sido unos días muy difíciles para soportar la existencia, y urge expresarse. Muy seguramente, próximamente me verán generando contenido de video blog, en distintos formatos, ante la urgencia de expresarse, de generar un contenido auténtico y de ejercer el derecho a expresarnos libremente. En un mundo censurado por el miedo, donde la razón ha sido abiertamente derrotada y el pensar no se distingue de la digestión.
Seguramente es un mundo al cual ya no le interesa leer, mucho menos escribir. Han sido largos períodos en los que esta actividad de la escritura ha quedado de lado, y ni hablar de la lectura; en mi caso personal me he hecho muy perezoso para leer y para escribir. Pero aquí está el antídoto. He decidido volver al formato convencional del blog para expresar mis ideas, para liberar un poco la pesada carga que trae consigo el hecho de venir a experimentar un mundo automatizado, el cual nos borra las memorias más íntimas y nos empuja a olvidar que vinimos a ser felices. (Me leo y no me creo.)
No he ni comenzado a abordar este tema en serio, y ya me encuentro dudando de continuar. ¿Qué sentido podría tener un texto falto de estilo y ortografía, donde claramente es más atractivo e intelectualmente más seductor un simple meme? Un meme con sentido, un meme sencillo, digerible y gratificante al intelecto. En serio, si llegaron hasta aquí, sigan su camino. Aquí realmente no hay nada.
El agente Smith
Como lo he prometido, voy a arrancar con un post donde vamos a hacer una lectura de los villanos, intentando buscar su justificación. Esto nace de la iniciativa de ponerse en los zapatos del otro, de comprender e intentar justificar el comportamiento de cada uno de ellos. Este ejercicio escéptico puede traer frutos en cuanto se le permite al intelecto interpretar realidades desde ángulos donde no se acostumbra a estar, al salir de la comodidad.
¿Por qué un agente Smith?
Un frío y mecánico virus de software, un pacto, un llamado a la normatividad extrema. Días atrás me quedó grabado en la memoria por la forma en que mucha gente en el mundo se comporta: de manera autómata, fría y calculada. Entes cuya apreciación de la vida y de la inmensidad estuviera restringida al concepto, a la retórica retorcida y repetitiva del discurso llano, de ideas y conceptos reciclados, de premisas y corolarios heredados que encontraron en un estéril sujeto un sustrato ideal para que líneas de código malicioso sean interpretadas con tanta elocuencia, con tanta viveza y pasión, que parecieran ser auténticas.
Quien ha visto la película Matrix entenderá un poco a qué quiero llegar con mi punto. Desde la paja mental más placentera que se ha realizado cualquiera de nosotros al encarnar el personaje de Neo: el único, el number One, el elegido, el llamado a retirar el velo de ilusión que enmarca nuestra realidad. Y precisamente este es el punto: que ya de eso pareciera no quedar nada.
Nunca he esperado nada de las mayorías, pero aun así me duele la decepción. He perdido el apetito y el sueño, y encuentro el mundo supremamente grisáceo, envuelto en una nube gris donde el color y la felicidad parecieran ser la resignación y la aceptación ante la estúpida pretensión de que todo pueda coloridamente brillar. ¿Es necesario? ¿Para qué? ¿Para qué cargar la cruz del otro? ¿Por qué no simplemente entregarse a la voracidad y a la simpleza de un Smith?

Un virus autorreplicado que evidencia la corrupción del sistema, un virus que cada día veo más latente en los rostros de las personas a las cuales les quedó grande pensar; aquellos que, apoltronados desde la comodidad de sus frágiles egos, han erigido una fortaleza de ideales, conceptos y mucho logos en torno a ideas que evocan funcionalidad, que remiten a definiciones de éxito y bienestar que únicamente parten de la base de aceptar la realidad.
Hoy me planto en esta realidad y me declaro en desacato; me declaro en rebeldía, porque no pienso admitir esta normatividad. Nunca he querido admitirla, pero debo aceptar que he pactado muchos contratos con la máquina, y acepto y admito que han sido pactos desde el miedo y la falta de amor.
No somos diferentes al virus
En este punto, ya todo lo que venga es alucinación. Es la pura lucha del rechazo a la dualidad, en donde el humano está reducido a una biomáquina restringida a recibir inputs y emitir outputs del entorno. En este punto me entrego a dejar de odiar al agente Smith y a ocupar su lugar (como sospecho que gran parte de la humanidad lo está haciendo), desde una visión determinista, cuestionando la misma naturaleza humana y llevándola a la comparación que arde como una quemadura: en donde no somos diferentes al virus. Millones de toneladas de carne y hueso devorando vidas, intentando encontrar un propósito. En donde el poder y las instituciones son plenamente justificables ante la necesidad de un orden que impera sobre los seres humanos que, ante un libre albedrío, simplemente se resignan a ser cardumen.

Luego de entrar en ese vacío de la existencia, retorno a la cálida idea de amar antes que destripar, de ser la parte que molesta e incomoda, de ser el UNO. Porque ese es el verdadero acto valiente: amar. Lo demás es lo fácil, lo demás es el guion. Es desde el amor que se revierte toda retórica y se pone en evidencia el sucio y oscuro plan.
Para complementar
Aquí dejo ver mucho de lo que soy yo y de mi proceso de aprendizaje en este viaje. Sin embargo, desde el amor y desde la reciprocidad, comparto un par de contenidos para complementar esta discusión. Por favor, déjame un comentario: me gustaría escuchar tu punto de vista.
Y una lectura de alguien que fue más juicioso con su análisis 😄:
Matrix Revolutions: el mesías ciego y la filosofía digital — Lado Invisible
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